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Salió de un tamarisco y nos mostró la pija
Julieta se tapó la cara
con una hoja de diario
mientras yo cerraba el puño
sobre el pico de una botella
pero él parecía ido
miraba alguna estrella puntual
del cielo atlántico sanbernardino
y apoyaba sus manos sobre la nuca
parecía recordar algo maravilloso.
El exhibicionista de jeans claros
se fue trotando
con las manos en los bolsillos.
Costaba prender el fuego
todas las ramas estaban húmedas
así que nos conformamos con una fogatita simple
seguíamos pensando en el hombre del tamarisco
me ardía la cara
nos había vaciado los ojos a todas
estábamos calladas
observando cómo se retorcían las ramas
con ese chasquido metálico
parecido al pedaleo lento
de los costeros avanzando viento en contra.
Alrededor las botellas de vidrio
iban cubriéndose de arena
en el centro de la ronda
confluían el humo y los vapores
de nuestras bocas
serpenteando como hilos grises, naranjas y blancos
hasta extinguirse allá, bien alto
quién sabe cuánto tiempo estuvo entre nosotras
el hombre escuchándonos reír
quemarnos los dedos con las tucas
tiritar de frío.
Quizás escuchó cuando contaron que Juan
(en el pueblo apodado “el loco”)
además de deambular hablando solo
también pinta
va a un local de comidas rápidas
a intercambiar cuadros
por panchos
o sobrecitos de kétchup.
Lo imaginé todo el tiempo sentado
con la pija sepultada en la arena
presenciando nuestras plegarias al aburrimiento
esperando el momento indicado
para imponernos
su bragueta abierta
y su sonrisa desorbitada.
Me seguía ardiendo la cara
¿por qué no sabemos los nombres
de los tipos de los tamariscos?
¿seguirá trotando tranquilo
con las manos en los bolsillos?
¿cuánto tiempo más
íbamos a quedar
con los ojos vacíos?
Al cartel del bingo
le quedan encendidas
sólo la N y la O
esperan en la puerta
con sus trajes
a que entre alguien.
El resto del pueblo
empieza a sacudirse el polvo
para la llegada del verano.
Me cruzo a una compañera
de la secundaria
que ahora es policía
la última vez que la vi
bailaba arriba del parlante
de un boliche.
Alerta meteorológico
nos decían en la escuela
viene un tornado
me imaginaba escondida
en el cuartito que hay
debajo de las escaleras
pero el tornado nunca llegaba
hacía la cuenta
siete cuadras no alcanzan
para cuando las olas
se levanten.
A los turistas les gusta andar en manada, parece. A la misma hora
comprando para almorzar, a la misma hora entrando y saliendo de la playa,
comprando para cenar, a la misma hora paseando en el centro. De chica siempre
me llamaba la atención, acostumbrada al pueblo vacío. En invierno caminaba por
el medio de la calle y mire a donde mire no había nadie. A lo sumo un perro o
el estruendo de un caño de escape de alguna moto que pasa a lo lejos. Ni el
loro dirían, cosa que nunca entendí porque los árboles de la costa están llenos
de loros.
Para cuando llegó la hora pico de la noche la fila se impregnó de
olor a shampoo. Vi mucha gente apoyándose latas frías de cerveza sobre la piel
enrojecida por el sol. Ojos vidriosos de insolación y agua salada. Compraron
mucho gel de aloe vera.
Videollamada en la fila
la abuela le dice
“se te ve lindo, bronceadito”
un nene llora porque quiere aceitunas
la madre le dice que ya comió demasiadas
señora con remera que dice
“me importa un carajo mi reputación”
veo a otra que está dando vueltas
hace como media hora
entra un tipo, la busca apurado
“¡te dije que compraras las Cerealitas!”
discuten
se van sin comprar las Cerealitas.
Afuera los gritos de los recolectores
las palmadas fuertes sobre el camión
vestido batik con lunas y flecos
una clienta parece al borde del llanto
o de explosión de ira
tarda en responder
como si tomara aire
para no mandarme a la mierda.
Otra vez las mismas líneas
Hola, ¿qué tal? ¿algo más?
¿Cuatro pesos no tendrás?
Este año no abundan tanto los rompebolas
¿Serán de esas personas
que cuando ya no les importa
dejan de asfixiar al otro?
¿Será que no les sale expresar
ganas de vivir
de otra forma que no sea esa?
¿O es el aire de resignación generalizada?
Se apoya sobre el mostrador
una panza con un gauchito gil tatuado
pero horizontal
como si durmiera la siesta.
Pareja de viejitos
que dudan en la puerta
“¿Vamos para este lado
o para el otro?
Porque para allá hay mucho viento”
“no, no, para el lado del viento,
quiero ver.”
Menta cristal
tobillera de caracoles
un cliente me cuenta que trabajó
en la fábrica de Quilmes
“ahora estoy mejor,
pero antes abrías la heladera en casa
y no había leche, había cerveza.
Encima esa cerveza de mierda
al otro día sabés qué
todas las venas de la cabeza infladas.”
Vino la que lleva siempre
productos del mismo color
me sacó charla y me convidó garrapiñadas
pagó con débito
nació en el 82 y se llama Luciana.
Un pibe dejó en el locker una botella de Coca
rellena de algo de color raro
después caí que era codeína
porque cuando abrió la mochila
para sacar la billetera
tenía un montón de frascos de jarabe
y se rió.
Gorra con foto de amanecer en el caribe
un chico de unos catorce años
con la sonrisa medio para un costado
me dijo
“anoche salí
y volví a las 5 de la mañana”
y se fue.
Entra un perro corriendo.
Cuando le pido cambio a un tipo,
al momento de pagar
saca del bolsillo
todos los caramelos que le di ayer
y obvio, se los acepto.
Los caramelos son
los bitcoins de las cajeras.
Florencia Romero (1991)
Nació en San Bernardo del Tuyú, reside en CABA
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