Y AHORA, ¿POR
QUÉ CANTAMOS?
Cómo creer en la existencia de un Dios;
cómo entender la finitud del Hombre;
cómo suponer que la vida es esa fuerza que resiste;
cómo hablar de la muerte, cuando es la tuya.
Quizá escribiendo ¨me sirve la medida de tu vida¨
o en una de ésas ¨no me sirve el coraje tan dócil¨, no sé;
en verdad, el dolor, cuando profundo, sentido, no posee descripción posible.
El dolor cuanto el amor no pueden decirse; en vano será cuantificarlo, calificarlo, acomodarlo en estéticas frases, porque no sería dolor ni amor
cuando se intenta con palabras probar definirlo.
Quien duele, quien ama,
inasequible será que invoque al incompleto alfabeto,
pues siempre las palabras dicen menos de lo que debieran
cuando se pretenden denotar sentimientos.
Habrá que recurrir, entonces, al corazón, ese machete que repasa sin colador
todas las memorias de las pasiones.
Pero hoy no hallo lugar posible ni espacio imposible para ir a tu búsqueda.
Porque no sé dónde estás ni con quién.
Si en el gris del cielo o en el plúmbico asfalto de Montevideo.
En cada esquina Durazno y Convención,
con Onetti, Falco, Galeano, el Flaco Viglietti;
en cada barrio Murga, Falta y Resto, tamboriles, Araca la Cana;
en la revulsiva cucharita del café que en su revolver pesado y circular
se marean el azúcar, el tiempo y también el corazón conquistable.
Nada mejor que expresar las aflicciones que callando.
Pero cómo hacerlo, cómo ser obediente con el axioma,
cuando al amparo de tu vocabulario crecimos y nos creciste,
enamoramos y nos enamoraron
y escogimos ser devorados antes que fagocitados.
Cuando con tus letras de pulso fino, de trazo humano, de prosa sin presidio
y de latir redivivo, siempre esgrimiendo en lo alto el dolor de lo bajo;
todavía enarbolando en el frente la dignidad de los del fondo de todo;
eternizando sures, cantares, combates, memorias;
cómo, Mario, cómo mierda decir muerte.
Muerte de mierda, que eso es entre otras imprecaciones.
Porque es la tuya, aunque no me la crea demasiado.
Desatento, inurbano, egoísta, Dios, o quien fuere,
que no sabrá que hacer ahora con tanta vida
en permanente estado de latencia y con tanta poesía esparcida por el cielo,
o por donde fuese, que alzará infiernos, o lo que fuese,
aparecerá secretos, develará misterios,
desvelará a las monjas del paraíso (o como se llamen, ambos),
despertará a las putas del averno (o como, también, se llamen),
y por sobre todas las cosas revelará tus bíblicas terrenales
para demonizar a Dios (o quien fuere) y humanizar al Diablo (o quien fuese).
Desde ahora ¿por qué cantamos, entonces?
Porque seguimos siendo mucho más que dos, maestro,
aunque te queramos aquí, materializado, con tu voz aguda y concluyente,
con tu sonrisa candorosa y desafiante,
con tu mirada demudada y tus ojos de fueye (pero el del Gordo Troilo),
con tu gesto resistente y que perdura,
y ante todo con tus letras llenas de sortilegio
que enlazadas son palabras nuevas, nunca dichos, vos los dijiste,
que desde hoy serán siempre dichos Mario Benedetti.
Quisiera contar hasta diez, cien, mil, millones, antes de creer tu muerte.
Pero más quisiera contar contigo, de cuerpo entero, de omnipresencia, Maestro, y no permitirte por esta única vez el nuevo exilio;
éste, el asacado por esta dictadura inexorable de la vida.
cómo entender la finitud del Hombre;
cómo suponer que la vida es esa fuerza que resiste;
cómo hablar de la muerte, cuando es la tuya.
Quizá escribiendo ¨me sirve la medida de tu vida¨
o en una de ésas ¨no me sirve el coraje tan dócil¨, no sé;
en verdad, el dolor, cuando profundo, sentido, no posee descripción posible.
El dolor cuanto el amor no pueden decirse; en vano será cuantificarlo, calificarlo, acomodarlo en estéticas frases, porque no sería dolor ni amor
cuando se intenta con palabras probar definirlo.
Quien duele, quien ama,
inasequible será que invoque al incompleto alfabeto,
pues siempre las palabras dicen menos de lo que debieran
cuando se pretenden denotar sentimientos.
Habrá que recurrir, entonces, al corazón, ese machete que repasa sin colador
todas las memorias de las pasiones.
Pero hoy no hallo lugar posible ni espacio imposible para ir a tu búsqueda.
Porque no sé dónde estás ni con quién.
Si en el gris del cielo o en el plúmbico asfalto de Montevideo.
En cada esquina Durazno y Convención,
con Onetti, Falco, Galeano, el Flaco Viglietti;
en cada barrio Murga, Falta y Resto, tamboriles, Araca la Cana;
en la revulsiva cucharita del café que en su revolver pesado y circular
se marean el azúcar, el tiempo y también el corazón conquistable.
Nada mejor que expresar las aflicciones que callando.
Pero cómo hacerlo, cómo ser obediente con el axioma,
cuando al amparo de tu vocabulario crecimos y nos creciste,
enamoramos y nos enamoraron
y escogimos ser devorados antes que fagocitados.
Cuando con tus letras de pulso fino, de trazo humano, de prosa sin presidio
y de latir redivivo, siempre esgrimiendo en lo alto el dolor de lo bajo;
todavía enarbolando en el frente la dignidad de los del fondo de todo;
eternizando sures, cantares, combates, memorias;
cómo, Mario, cómo mierda decir muerte.
Muerte de mierda, que eso es entre otras imprecaciones.
Porque es la tuya, aunque no me la crea demasiado.
Desatento, inurbano, egoísta, Dios, o quien fuere,
que no sabrá que hacer ahora con tanta vida
en permanente estado de latencia y con tanta poesía esparcida por el cielo,
o por donde fuese, que alzará infiernos, o lo que fuese,
aparecerá secretos, develará misterios,
desvelará a las monjas del paraíso (o como se llamen, ambos),
despertará a las putas del averno (o como, también, se llamen),
y por sobre todas las cosas revelará tus bíblicas terrenales
para demonizar a Dios (o quien fuere) y humanizar al Diablo (o quien fuese).
Desde ahora ¿por qué cantamos, entonces?
Porque seguimos siendo mucho más que dos, maestro,
aunque te queramos aquí, materializado, con tu voz aguda y concluyente,
con tu sonrisa candorosa y desafiante,
con tu mirada demudada y tus ojos de fueye (pero el del Gordo Troilo),
con tu gesto resistente y que perdura,
y ante todo con tus letras llenas de sortilegio
que enlazadas son palabras nuevas, nunca dichos, vos los dijiste,
que desde hoy serán siempre dichos Mario Benedetti.
Quisiera contar hasta diez, cien, mil, millones, antes de creer tu muerte.
Pero más quisiera contar contigo, de cuerpo entero, de omnipresencia, Maestro, y no permitirte por esta única vez el nuevo exilio;
éste, el asacado por esta dictadura inexorable de la vida.
DIATRIBA DEL
ABRAZO (FRONTAL) A UNA MUJER
Pecho abarca, loco aprieta; toda la espalda en una palma o en dos.
Anuncio de esa caricia que bajará hasta la cintura o envolverá la nuca
(o ambas)
mientras la boca pegada a su oreja susurra, digamos, ¨cosita linda¨,
que es más expresivo que decir, supongamos,
¨las examplas griegas están pletóricas de didáctica¨.
Después de un rato de presentir sus brazos como ramas
y el tronco de ella como sosegada contención,
una leve sonrisa escapará de su boca,
que a esa altura intrigante no sabrá qué es lo primero: si la mueca o el beso.
No se apresure por esta contingencia,
ya que demás está aconsejar que el abrazo no es un dogma
ni posee códigos de conducta.
Es allí donde nos junta, cuando uno debe perder la compostura,
la ecuánime oscilación de la temperatura, los pruritos de las creencias,
los límites de la fe.
Abrazar a una mujer es siempre un ensayo de la estética,
una genealogía de la pasión, un salvoconducto al desafecto,
una apelación a la sugerencia.
Cuando usted suponga que el abrazo debe terminar, no lo crea demasiado
y aférrese aún más a ese testaferro del sortilegio.
Cuando sus manos estén ya tibias
y las de ellas se muevan por detrás de su espalda
en señal de correspondencia o vano impulso,
no lo dude un instante: pasee sus dedos por su columna,
recorra cada vértebra, esculpa su figura curva a curva,
que el abrazo como la sed también tiene sus vicios.
Claro que el abrazo también necesita accesorios infranqueables, insoslayables, para no caer en la demagogia.
Digo que un suspiro de lado,
una apaisada guerrilla de beso que amaga posarse y se va;
una borrasca de caricias, una sugerencia de breve silencio,
unas piernas que también abrazan o apiernan,
un pecho que busca más abrazo o apecho,
convocarán al destino que vendrá sin estatuto ni reglamento
y menos normativa
a presentir los sentidos que son los únicos que sienten, valga la obtusidad,
el saber de lo que imponga el momento.
Pero destino más, destino menos, jamás deje un abrazo inconcluso,
pues será como una maldición, una imprecación del infierno,
una amputación al misterio no develado.
Vamos, el único abrazo que se pierde es el que se abandona.
Y sepa usted que abrazar es un ejercicio
que cede sentido cuando no se lo practica.
Y ante todo sepa, crea, vivencie, que jamás un abrazo será igual a otro.
Sencillamente, porque siempre abrirá paso a una nueva conjetura.
Para entonces no habrá victoria o derrota;
sólo la posibilidad, maravillosa posibilidad, de un nuevo abrazo.
RUIDOS DE A
DOS
Mmmm
chuik, chuik
slupp
ohhhh
mmmmm
ahhhhhh
sipppp
ui, ui, ui.
ahhhhhhhhhh
sluppppp.
ahhhhhhhhhhhhh
chuik, chuik.
psssssss
tic, tac, tic, tac
chuik, chuik
zzzzzzzzzzzzzzzzzz.
TERAPIA DE
GRUPO
Señor que pretendes analizarme, analízame, si quieres. O si
puedes.
Analízame, mendrugo a mendrugo, plato a plato;
recurre a esa panoplia de palabras, a esa hoploteca de armas e ideas antiguas
por el buen nombre del psicoanálisis. Pero analízame.
No pierdas tiempo, si es que hay algo más que tiempo que perder.
Analízame desde Las Indias a Bagdad; pasando por Africa ardiente,
sin olvidarte de América bloqueo y menos de Medio Oriente acribillado.
Analízame y pregunta por mi infancia desnuda; la teta sin leche,
el llanto sin lágrima, el reír por reír, nomás, la escuela de postal,
la mesa de otros, el sofá cordón de vereda, la nariz de aspirar,
los ojos cansados de mirar, la boca disfónica de gritar,
los oídos atrofiados de no escuchar. Analíceme, señor, si quiere. O si puede.
Analíceme y no se vaya a olvidar de mi adolescencia de vagar,
con la costumbre de la falta,
con la rutina del resto con la calle como emblema
y la cebolla, los porotos, la carne, como sueño inasequible.
Y siga analizándome, nomás hasta llegar a la adultez.
Cada detalle, cada huella de mi rostro, toda, todita, analíceme si quiere.
O si puede.
Pero no vaya a caer en la cuenta de soslayar las chapas y los vintenes
y de decirme que lo invisible es esencial a los ojos,
porque eso es lo único que ya lo tengo bien visto.
Y recuérdeme, una vez más, que las fuertes tormentas inundan;
que los fuertes vientos desolan; que el trabajo dignifica;
que la niñez es un derecho, la adolescencia, una obligación;
la adultez, un compromiso, y que usted no podrá hacer nada por mí,
pues yo soy mi propio destino.
Analíceme, señor, si quiere. O si puede.
Y sígame analizando,
que en una de ésas tiene la buena fortuna de llegar a mi misma conclusión.
Aunque lo dudo bastante, pues no soy producto de análisis
ni de charla de sobremesa.
Sólo soy una maldición, una urgente maldición,
proferida por analistas como usted.
Imprecación infinita que huele mal, come lo que puede, dice como puede, vive como usted quiere.
Analíceme y deleite a sus analistas.
Recuésteme en su sillón, tome lápiz y papel, acomódese bien las gafas
(no vaya a ser cosa que analice mal),
cruce sus piernas como Jesús en capilla o como puta en cabaret.
Analíceme, ahora, ya, urgente. Si quiere o, a esta altura, también si no quiere.
Sí puede, sé que puede.
Analíceme para que todo siga igual, nada cambie.
Analíceme cerciorándose de no invertir los roles;
digo, usted siga siendo analista y yo, maldito.
Analíceme, usted todo lo puede y casi todo lo quiere.
Y publique en los diarios, comunique en la radio, divulgue en la TV,
los resultados obtenidos en la terapia.
Toda una experiencia para usted, un estudio más para su currículum;
un oropel más para su exitosa carrera, una estampita nueva para su billetera.
Agradezco la terapia, señor analista, exégeta de la historia,
pero bueno sería, con perdón de la insolencia,
que me permitiera regalarle mi pasado; obsequiarle mi presente;
y ofrendarle hasta lo que no tengo: mi futuro;
porque más que categoría de análisis, soy pobreza,
que como le dije es una maldición más que una virtud.
Y no necesita, dispense mi atrevimiento, de teóricos analistas,
sino de cálidos platos de solución abonados con intereses.
Gracias por sus servicios, señor analista,
no me debe nada, más que lo antedicho.
Analízame, mendrugo a mendrugo, plato a plato;
recurre a esa panoplia de palabras, a esa hoploteca de armas e ideas antiguas
por el buen nombre del psicoanálisis. Pero analízame.
No pierdas tiempo, si es que hay algo más que tiempo que perder.
Analízame desde Las Indias a Bagdad; pasando por Africa ardiente,
sin olvidarte de América bloqueo y menos de Medio Oriente acribillado.
Analízame y pregunta por mi infancia desnuda; la teta sin leche,
el llanto sin lágrima, el reír por reír, nomás, la escuela de postal,
la mesa de otros, el sofá cordón de vereda, la nariz de aspirar,
los ojos cansados de mirar, la boca disfónica de gritar,
los oídos atrofiados de no escuchar. Analíceme, señor, si quiere. O si puede.
Analíceme y no se vaya a olvidar de mi adolescencia de vagar,
con la costumbre de la falta,
con la rutina del resto con la calle como emblema
y la cebolla, los porotos, la carne, como sueño inasequible.
Y siga analizándome, nomás hasta llegar a la adultez.
Cada detalle, cada huella de mi rostro, toda, todita, analíceme si quiere.
O si puede.
Pero no vaya a caer en la cuenta de soslayar las chapas y los vintenes
y de decirme que lo invisible es esencial a los ojos,
porque eso es lo único que ya lo tengo bien visto.
Y recuérdeme, una vez más, que las fuertes tormentas inundan;
que los fuertes vientos desolan; que el trabajo dignifica;
que la niñez es un derecho, la adolescencia, una obligación;
la adultez, un compromiso, y que usted no podrá hacer nada por mí,
pues yo soy mi propio destino.
Analíceme, señor, si quiere. O si puede.
Y sígame analizando,
que en una de ésas tiene la buena fortuna de llegar a mi misma conclusión.
Aunque lo dudo bastante, pues no soy producto de análisis
ni de charla de sobremesa.
Sólo soy una maldición, una urgente maldición,
proferida por analistas como usted.
Imprecación infinita que huele mal, come lo que puede, dice como puede, vive como usted quiere.
Analíceme y deleite a sus analistas.
Recuésteme en su sillón, tome lápiz y papel, acomódese bien las gafas
(no vaya a ser cosa que analice mal),
cruce sus piernas como Jesús en capilla o como puta en cabaret.
Analíceme, ahora, ya, urgente. Si quiere o, a esta altura, también si no quiere.
Sí puede, sé que puede.
Analíceme para que todo siga igual, nada cambie.
Analíceme cerciorándose de no invertir los roles;
digo, usted siga siendo analista y yo, maldito.
Analíceme, usted todo lo puede y casi todo lo quiere.
Y publique en los diarios, comunique en la radio, divulgue en la TV,
los resultados obtenidos en la terapia.
Toda una experiencia para usted, un estudio más para su currículum;
un oropel más para su exitosa carrera, una estampita nueva para su billetera.
Agradezco la terapia, señor analista, exégeta de la historia,
pero bueno sería, con perdón de la insolencia,
que me permitiera regalarle mi pasado; obsequiarle mi presente;
y ofrendarle hasta lo que no tengo: mi futuro;
porque más que categoría de análisis, soy pobreza,
que como le dije es una maldición más que una virtud.
Y no necesita, dispense mi atrevimiento, de teóricos analistas,
sino de cálidos platos de solución abonados con intereses.
Gracias por sus servicios, señor analista,
no me debe nada, más que lo antedicho.
Gustavo Calle (1962)
Nació en CABA, reside en San Bernardo del Tuyú
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