ME OBLIGO CON SEVERIDAD
Doy vuelta una página y paso otra y otra y otra.
Palabras, frases, poesías, poemas, relatos.
Todos. Muchos para vos.
Cuántas son, las palabras que escribo?
Esta es mi única manera de poder hablarte.
Son tantos gritos, que en el papel logro callar.
Y en el papel… se mueren.
Como se murió nuestra esencia, cuando de un manotazo la
desgarraste y sangró en formas de lágrimas, sin color y sin sentido.
Pasan los días, los años, y la distancia entre tu vida y la mía.
El tiempo también, nos pasa sin permiso.
La roca de aquella fortaleza que alguna vez fuimos, ya no son más
que granitos de arena.
Perdimos la hora de nuestro arrepentimiento, y se nos escapó el
tren donde viajaba el perdón.
Hoy llegaron las hojas secas a cubrir la tierra, donde duermen
para siempre,
Nuestros sueños y mi rencor.
Y aunque abra todas las mañanas mi ventana para espiar el cielo,
el mismo que tu puedas mirar, no puedo creer que es el mismo, y es
igual!
Y aunque me llegue el mismo viento, que tal vez pasa cerca de
tuyo, me toca limpio, y ya no me deja aromas que pueda imaginar.
Súbitamente se filtra en mis ojos tu imagen y la mía,
e increíblemente se me hacen desconocidas.
Se mezcla en mi piel una paz sublime y esperada.
Y un mar, ahora, de moribundas emociones deja sobre la que fue
nuestra playa,
mis angustias hecha espuma, tan blanca como efímera.
Estallan las fuerzas en mi alma, como las olas enfurecidas contra
aquella toca que ya no somos,
Para decirte sin cansancio y a mi modo: Adios.
Porque tal vez, hasta solo ayer, nunca terminaba de despedirte.
Y sé, que esto no será lo último que voy a escribirte.
Se aquieta, como este mar frente a mí, mi corazón agitado, pero
vivo.
Mientras se va llevando todas mis preguntas, porque jamás tendré
las respuestas.
Y en aquella cúspide que se despliega en una gran ola,
se van también todas mis nostalgias, para quedarse en la
profundidad eterna de todos mis sueños contigo.
Final, de un tramo más en mi camino, donde sin querer mi obligo,
con severidad, a olvidar NUESTRO AMOR.
EL ESPEJO
Una pequeña partícula de arena,
Es solo una minúscula parte de un potencial vidrio.
Los espejos, entre otras cosas maravillosas, se realizan con este
material.
Yo, fui un gran espejo resplandeciente.
Vos me lo habías fabricado especialmente
Empezando por una mínima partícula, hasta llegar a un mural
brillante,
reflectando, con enceguecido resplandor, hasta las sombras más
profundas y temerosas.
Pero solo debía verse en éll, esa “mujer maravillosa”.
Lo has pulido, y me has hecho brillar! Entre cuatro paredes y por
detrás del gran mural…
A mis casi cuatro décadas, me devolviste la pasión, la ilusión,
los sueños, los proyectos.
Y la convicción que todo se podía lograr, vencer, ganar.
De a dos, por supuesto.
Y, lo pudimos hacer!
Mientras ese gran espejo, era nuestro reflejo.
En tantos años, tuvimos que taparlo con una de nuestras sábanas,
tres veces.
Y, extrañando sus encantadoras imágenes, lo volvimos a descubrir,
Sacudimos el polvo de la tela, la usamos para volverlo a lustrar.
Y más tarde fueron vendas, para cicatrizar nuestras heridas.
Pero cargado de tantas imágenes mentirosas,
llegó un día que estalló en cientos y cientos de pedazos
Y, culpaste de la destrucción de tu obra, a esa “Mujer
maravillosa”,
que creció y quiso escapar de tanto sacrificios para nada.
Me empujaste, y me hiciste rodar entre tantos vidrios, pujantes y
afilados,
listos para destrozarme y sangrar hasta secarme.
Vos? Vos a los gritos y con tu gran aliada: la ira, recogiste cada
pedacito de tu falsa creación,
viendo en ella mi carne falsamente destrozada,
como falso tu gran Amor y tu corazón, también hecho de espejitos.
No te cansaste de juntar, esquivando mis desechos, para recuperar
cada pedacito,
de lo que creíste que eras el autor.
Tu espectacular obra, ya no existía. Tampoco tu coherencia, ni tu
razón.
Y, te fuiste creyendo que dejabas “cada cosa en su lugar”:
los muertos, bien muertos…
Porque el único que debía salvarse eras Vos,
de semejante atentado hacia tu digna y honorable persona!
Un Espejo que tanto “te había costado construir”,
acababas de perderlo para siempre! Como a toda tu familia.
Y, tal vez por unos instantes, también eso me hiciste creer.
Volví a mirarme, creyendo hasta oler mi propia sangre,
y oír como raspaban los vidrios mis huesos astillados.
Ya no estaba el magnífico Espejo.
Sí, una mujer entera, maravillada, y abrazando a su familia.
Caminando libre sobre un suelo lleno de arena dorada y brillante.
Sintiéndose más saludable que nunca, y olvidando para siempre,
un hombre que todos los días aún se mira en su hermoso Espejo!
Cuando en verdad, cargará eternamente junto a él,
solo una bolsa de vidrios rotos.
IMPLACABLE CONDENA
Quizás un día lo encuentres,
sentado en un bar.
Bebiéndose sin prisa,
el solitario gusto,
de su triste andar.
Quizás un día lo encuentres,
caminando sin apuro,
la vida que lo sacudió,
volviéndole lo claro, oscuro.
Quizás un día lo encuentres,
masticando despacito,
el sabor agrio amargo
de sus verdaderos equívocos…
y de sus convencidos errados.
Y en su rostro, una lágrima.
Y en su voz, un grito en vano.
Un intento de brillar,
cuando su luz ya se ha apagado.
Quizás un día lo encuentres
diciéndose callado:
Que tal vez en el banquillo de la vida,
el inocente, es el acusado…
Quizás un día lo encuentres,
y te invite a conversar,
y te cuente con pasajera alegría:
“Mi hijo me vino a visitar”,
y te hable de lo pesado,
que le resulta “a los solos… caminar en soledad”.
Que se le escapa esa vida,
que ya no le permite soñar,
le limita posibilidades,
y que tal vez de esa manera Dios le dice:
Armando: No te puedo perdonar…
Le quita y lo condena.
Lo obliga a pagar,
su sencilla condición de: “hombre errante,
por eso debo y merezco pagar!”
Quizás un día lo encuentres,
Convencido duramente, de su condición…
Recuerdan sus ojos…, aquella mujer que lo marcó.
Lo lleva su memoria hacia a un camino mal recorrido.
Y se vuelve a perder, en todos los sueños que en alcohol ahogó.
Sufre, al creer que ni sus hijos lo perdonaran.
Eso jamás, te lo dirá!
Aunque, un día te lo encuentres con ganas de hablar…
Yo, te perdono Papá
Y tu corazón lo sabe.
El mío olvidó.
Y con esto te libera.
“Quien sea libre de pecados, que tire la primer piedra”.
Quisiera encontrarte siempre,
solo para poder calmar algo más, tu eterna pena.
Sobre todo, tu implacable auto condena.
Verónica Buldurini (1961)



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