INOCENCIA
Desde las tinieblas
grises del espanto,
una voz se levanta
y se hace cierta.
Esa luz es sonido que resuena:
¡Inocencia…!!
Nuevo cordero de injusticias viejas
te yergues
y exiges.
-Hoy, mañana, siempre-
El recuerdo inalterable
renacidamente eterno.
Soldado de Malvinas:
Una mancha en la conciencia.
Es tempranito. Se despereza sacudiendo las nubes densas que la
ocultaban. Por algunos lugares, el sol está por aparecer. Por otros, sigue
nublado. Más allá algunas gotas. Desde su sitial de altura, observa. Con mucha
atención, nos mira. Miles y miles. En las duchas, frente al espejo, tomando un
mate, juntando unos papeles, peinándonos. Las mejores pilchas, las más
cuidadas, aunque sean las únicas. Todo lo ve. Y sonríe. Un gran hormiguero
celeste. Pies que caminan, risas y sonrisas. Silencios y voces. Subiendo o
bajando, pero todo es movimiento. En los montes, en la planicie. En el frío
austral. En el calor de la selva. Todo es un armonioso accionar. Se instala, se
acomoda y espera… Siente que esperó demasiado. Que tuvo paciencia. Que nos tuvo
paciencia. Reconoce que también nosotros la tuvimos. Deja correr las horas:
agitadas, veloces, inquietas. Sabe esperar. Y confía. Las manecillas de los
relojes giran acompañándola. Inflexibles. Hasta que esos relojes dan las seis.
El tiempo parece haberse detenido. Un antes y un después de las seis. Corridas.
Nervios. Números. Y muchos papeles. Se reacomoda allá, en lo alto, ocupando
todo el espacio. Se estira y la sonrisa es más amplia. Se prepara. Acá
nosotros, explotando de esperanza. Y por fin ella reaparece. Acariciándonos uno
a uno. Es la Patria, que volvió. Al igual que nosotros, Ella Volvió. Fue un 27
de Octubre.
LA VUELTA
¡Qué concierto de noches encontradas!
¡Qué rumor de soledades al acecho!
¿Cómo puede el Olvido olvidarlas?
Veinte años pisoteados de silencio…
Y uno debe convivir con esta nada…
soportar y soportarse así: mintiendo;
tratando de creer que fue invento
fantástico, un viaje hacia el averno.
Pero no. Ahí están y lo están siendo:
Treinta mil y más que no se han ido.
Reclaman un derecho: ser oídos.
Aparecen y sin hablar, nos hablan.
Ya basta de negar lo acontecido:
Por una vez hagamos patria (una vez sola):
Dejemos las lágrimas en las Madres
y nosotros enfrentemos a la Historia
Veintinueve años atrás escribí un manojo de poemas a los que reuní
bajo el título “Poemas con hambre y bronca. Argentina ‘95”. A la luz del tiempo
transcurrido, nunca pensé que volvieran a tener vigencia. Hay letras que se
empeñan en seguir vivas a pesar de los años, de la historia de los pueblos, de
los sesudos señores reunidos en claustros asépticos ocupados en separar,
enterrar o aceptar términos que la gente ya incorporó a su léxico cotidiano.
Son ésas las que perviven, soportando un tropel de hojas de calendario,
valoradas aún en su vejez. Otras, en cambio, se duermen en su cama de papel,
ignoradas por las nuevas generaciones. Su temática no interesa ya. Murió
inexorablemente, pisoteada por la indiferencia del presente que no perdona
distracciones del ayer. En ese lecho deposité mi poemario al que de tanto en
tanto iba a depositarle una flor. Hoy, con el dolor de mi pueblo, con las
muertes evitables que no se evitan, con la angustia que me atenaza el estómago
al ver tanta desolación sin esperanza, tanta ceguera construida minuciosamente
por los sombríos personajes del poder; hoy, en que temo despertarme y conocer
que más seres quedan a la intemperie, más niños con hambre golpeados por la
indiferencia, más viejos apilados como trastos desechables; hoy compruebo que
esos poemas se levantan de su sueño perdido y cobran vida. ¡Qué tristeza, mi
Dios, reconocerlos en el nefasto presente donde nuestra Patria se desangra!
Parafraseando a Neruda, quisiera escribir los versos más alegres este día,
beber de la mirada sonriente de mi gente y soltar las letras para que vuelen al
sol, sacudiéndose por la mala noche vivida. Pero no puedo. Hay demasiado
escombro acuciando, demasiada sorpresa que dibuja rictus de amargura y que se
recicla día tras día con más desazón. Pero… …Sin embargo allá, bien al fondo,
escondida como una joya invalorable, queda un rescoldo de fe esperando…
esperando. Y ahí sí –en medio de las risas de los niños felices – volver a
visitar cada tanto, a mis viejas letras en su blando lecho de papel amarillento
y olvidado.
Alicia Cesareo (1949)

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