Yacer en el Tuyú
Yacer,
iacerey, estar extendido, permanecer sobre el lenguaje, ser lenguaje, ir, con
él, tejiendo la historia. Quedarse sobre la arena que fue traída-llevada por el
mar, por sus olas, percibir la multiplicidad de voces aunadas en una sola
sustancia. Las olas, los poemas de Yacer
en el Tuyú. Libro de búsqueda y encuentro de esas voces aunadas que
configuran un solo poema, referencia y alusión al pago, al territorio desde
donde se emerge al mundo. El externo y el interno. Paisaje y alma.
San
Clemente del Tuyú, lugar donde el Río de la Plata desemboca en el mar, se hace
mar, entra en esa inmensidad para perder su nombre. En el año 1580, Hernando
Arias de Saavedra —Gobernador de Asunción—realizó una expedición por tierra
hasta llegar a Tandil, acompañado por guaraníes evangelizados que fueron los
que le dieron el nombre de Tuyú a la región. Tuyú, cuyo significado es 'lodo' o
'barro blanco' en idioma guaraní. Allí, en San Clemente del Tuyú es donde el
barro se mezcla con la arena.
Neobarroso,
neobarroco. Nada más barroso que el río. Nada más barroco que el mar.
Perlongher lo sabía. Lo era. Extravagante, perla de belleza irregular, engañoso
capricho que devela la voz del inconsciente. Lo que no se dice más que bajo las
aguas del ensueño. El dulce susurro de la muerte. Toda experiencia, y sobre
todo la experiencia poética, pasa por el cuerpo. Provoca el éxtasis. Y Yacer en el Tuyú es un ramo del éxtasis
que ofrece la poesía.
La
búsqueda y los hallazgos debidos a la paciencia y al amor por la poesía que
acompañan el hacer de Ana Claudia, generosa investigadora y recopiladora -y
poeta ella misma- del material que compone el presente libro.
Yacer en el Tuyú, historia y testimonio del
lenguaje poético en una obra donde, como en los coros, son muchas las voces que
modulan la melodía. Pero la melodía sigue siendo única.
En el poema como en el mar
En
el poema como en el mar ocurre la destrucción de todo orden jerárquico,
incluido el de la semántica; sucede el desborde y la contaminación, el exceso y
la heterogeneidad. Derrida decía que, a
veces, la lengua se vuelve loca. Y es cierto: los esquemas de la razón esconden
monstruos, el poema oculta animales abisales, peligrosos. Como el mar.
No
hay conocimiento teórico que te enseñe a nadar, a meterte, sin miedo, en la
boca enorme e indescifrable de esa abundancia de agua, de ese inconsciente
oscuro, tal vez feroz, siempre pródigo. El corazón, loco, en medio de las
frases que llegan como las olas: ya suaves, ya violentas. Para alcanzar el
lenguaje poético hay que renunciar al saber. Deshacer lo aprendido. Buscar lo
improbable. El oído atento a la experiencia pavorosa de la revelación. Ver
surgir el cardumen, como en un sueño, plateado y moviente, ser el cazador que
lo devora. Ser la presa, lo devorado.
El
mar, el poema, es, sin duda, lo que está siempre a punto de mostrarse pero
nunca se muestra. Permanece dentro de sí cerrado, y en apariencia expuesto a
todas las visiones. Símbolo polisémico: la visión del mar nos recuerda el
tiempo y la experiencia misma de la vida a través del tiempo, por su mutación
constante e inestabilidad, pero también también por su constancia y
permanencia:
El
mar, el poema, guarida del pez, morada de agua y letra donde se forja el
amoroso intento de sostener, por la palabra, el precario equilibrio de las
cosas. Allí, en el fino e irrepetible brillo de cada escama, cada verso, se
refleja tanto la belleza y el temblor de lo oculto y visionario como la aguda
conciencia de lo efímero.
En
este libro, plural pero con una extraña y sostenida vibración que lo unifica, la
nostalgia del paisaje marino parece ser el color o la fuerza desde donde van
aflorando los poemas; lúcida sospecha de la ineludible ley que todo lo
gobierna. Pero la nostalgia no reclama el mito del eterno retorno: avanza
abriendo un paso en la enramada de la memoria no para imponer el regreso sino
para fundar un ir y venir sin tiempo ni mesura entre el presente y el pasado.
Allí, todo es recuperado en tanto que transformado. El poema salva, redime,
triunfa sobre el poderío de la muerte. Y es una constante presencia de la
muerte. La piedra, centro último, oscuro laberinto, hermético núcleo de la
conciencia, se abre como la flor al sol gracias al canto que, con su noctiluca
irradiación, ilumina esa guarida cerrada al pensamiento diurno.
Por
la palabra todo es capturado. La palabra es la red con la que el alma rescata
su propia historia. El canto es un “no hacer” liberador desde donde el mundo
vuelve a crearse y recrearse sin fin ni principio.
Y
la palabra, como la marea, trae, una y otra vez, las inversas y complementarias
presencias del pez y de la piedra. Pez y piedra, símbolos de lo absoluto y lo
impenetrable. Lo manifiesto, cercano a una mística prehistórica, es el guardián
de la caverna sumergida donde el tiempo aún no ha tocado el corazón de las
cosas. Todo ha sido engendrado por su húmedo arjé y todo desaparecerá en la
vastedad de las aguas.
El poema, como el mar, oscila entre el paisaje
y el sueño. El espectáculo que abre la lectura de estos poemas muestra un
negativo de ese fondo de mar, una imagen oscura en contraste con el cielo del
agua, por donde el pez –el poema- se desliza, buscando la abertura hacia el
otro lado de la vida. Es la flor expuesta a toda escarcha y todo viento, es lo
que, irreparable, se entrega a la intemperie del devenir.
El
símbolo del deseo -lo animal, lo que anda, en lo más íntimo de nosotros, pegado
a los orígenes, lo que “ve” la llanura que se abre después de la muerte-
aparece como otra añoranza reiterada, alude a esa perdida comunión con todo lo
viviente. Sólo en la inmediatez del instinto la vida puede alcanzar su claridad
perfecta.
En
el presente poemario que, como dijimos, bien podríamos considerar un solo
poema- el lenguaje no limita su fuerza expresiva: La naturaleza, evocada más
que como un paisaje externo, como un estado edénico, es la morada de los
antiguos (ancestros), la tierra de la infancia, el amor, y la gran Pachamama de
la que todo salió y a la que todo volverá. Porque la curva es secretamente
circular, es decir, eterna.
Centón a partir de fragmentos de
los poemas del libro Yacer en el Tuyú que
hacen referencia al mar, en riguroso orden de aparición:
Olas
bravías como las turbulencias de mi corazón agigantan ese mar a mis pies.
Las
olas se acuestan en el mar, mientras el sol cambia de color el agua
Ventana
al mar debajo del muelle. Puerto de margen de Ria, de corvinas y lisas
nadie
habla entre los peces apenas una señal perceptible en bruscas corrientes
el
juego del viento en su pelo oscuro, el oleaje y el olor a mar. Ya se ha ido.
Definitivamente ha partido.
Mis
huellas que borra el mar con sus brazos. Nunca estuve aquí… Nadie vio mi
rastro.
Preguntas
me hago, No tienen respuesta, El mar me contesta
Eres
horizonte infinito, nostalgia, inspiración, eternidad, rumores y susurros,
besos de sal
un
punto aparte tres suspensivos el mar que se pierde, el horizonte un perro que
se aleja en la noche y
La
noche enciende faroles que besan las aguas destacando sus contornos. Las olas
arrebatan espumas y desbordan
Mar.
Nunca lo vi tan cansado, callado Caminé a su lado sin hablar
Con
una caracola dibujó sus sueños en la arena húmeda, de madrugada, a la hora
incierta en que el día y la noche se abrazan
Estos
árboles, esta arena aquel cielo y aquel mar...
El
ondular del mar enciende nuestros pensamientos ocultos
allá
abajo, entre arena, silencio y oscuridad
el
mar es como el tiempo transcurre entre nosotros tiñendo este arenal Me hundo en
esta laguna con nombre de mar. Me hundo en la quietud de lo estancado.
extasiado
escuchando el rumoreo del mar en las caracolas,
un
barco varado, mirando las tempestades pasar
Te
elevas como las olas Te pierdes como el mar Tus cabellos se enredan en el mirar
Navegar
los días. Imaginarse en su mar.
Dispararse en el azul, en el gris-nácar, en el verde-ambarino.
Aquellos
castillos de arena que construíamos a orillas del mar para verlos derrumbarse,
parecen reales hoy
La
bahía despierta. En su juego de invisibles espejos cientos de aves danzan
alegres sobre el despeinado oleaje
ostras
y sal, las algas secas por el sol y el olor de las algas frescas en la orilla
en donde dejamos reposar el día
su
soledad, la inmensidad del mar y su sonrisa que se esfumaba con la brisa de la
madrugada.
Sobre
la interminable playa de un mar que descansa y una luna que no cesa de
alumbrar,
En
mi mar, donde nunca hay veleros el cardumen de mis sueños se desliza por
estelas de barcos sumergidos
mirando
el mar como una pantalla de cine
la
luna, que muestra su nácar sobre el mar.
un
peregrinar de cielos infinitos, una luz, navegar por mares inciertos
se
cubren mis canas junto a la arena del mar
La
lluvia cae sobre ti pescador, detrás, está el marco inmenso del mar.
en
otoño miro el cielo y veo el mar.
la
milenaria agua de mar
a
veces tan calmo y otras tan bravío, por eso proclamo que este mar es mío.
María Rosa
Maldonado
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