Santos Vega, los
guaraníes y la novia de Aquamán
¿Acaso
no somos el paisaje en el que crecimos? Anoto esa pregunta que juega con la aseveración y enseguida, en la hora de la
cuarentena pandémica en la que escribo esto, se configuran y reconfiguran
vientos y corrientes, las aguas leonadas y sedimentosas del norte y las más
cristalinas y oceánicas del sur, gaviotas de ayer y palomas de hoy, los techos
a los que trepamos y los que nos refugiaron, playas desiertas y
sobrepobladas, cachorros que hoy serían
viejísimos a los que seguimos viendo juguetear, rastros imprecisos de voces en
no sé cuántos bares y calles de tierra y de asfalto, maestras, tonterías y
fanfarronadas, las más inolvidables maniobras de generosidad, los amores, los
muertos, los trabajos, las crecidas, médanos y baldíos, antenas gigantes y
libros que sacamos de la biblioteca de la escuela para leer en las tardes y en
las noches tirados, panza arriba, en un sofá.
Para discutirla, para abrazarla, para
entreverar eso y tanto más, ronda la pregunta/aseveración inicial. Llegó hasta
mí tras leer las páginas de este libro; la he leído con sus matices en otras
páginas, pero el textual es de Joan
Didion. Ella contó que cuando tenía cinco años su madre le regaló un cuaderno
para que dejara de quejarse de todo y
aprendiera a divertirse anotando sus pensamientos. Creció escuchando relatos
sobre sus antepasados, unos pioneros que formaron parte de una caravana que, en
viaje hacia el oeste de los Estados Unidos, se extravió al intentar un atajo
que resultaría fatal: la mayor parte de ellos murió debido a las bajas
temperaturas. La familia de Didion no siguió ese atajo y llegó a destino. En
aquel cuaderno la niña que fue Joan esbozó lo que sería su primer cuento; una
mujer convencida de que en la noche morirá de frío despierta en el Sahara:
antes del mediodía morirá de calor. Así pasa, en un abrir y cerrar de ojos las
perspectivas de dislocan, se transfiguran, y es el paisaje quien podría decir,
preguntarse, ¿acaso no soy las personas
que aquí crecen?
Y entonces estos poemas convocan en sus
versos a la novia de Aquamán, antiparras, diseños textiles anticloro, fosfóreas
brillantinas, y al mítico Santos Vega, fogones y lazos revoleados, su tumba y
las payadas con el diablo. Alguien lucha con fantasmas y con la luz mala por un
camino viejo y alguien traza un plan de fuga para una orca cautiva. Un motoquero
anda por una ruta amplia, abierto a la inmensidad, y poco después se llega a
una oda a la conciencia, y trascartón a un manifiesto contra héroes de zunga.
Hay quien alerta ante la llegada de los porteños y quien añora el verano apenas
llegado el otoño. Declaraciones de amor: a los campos de Lavalle y a las playas
de Mar de Ajó, a la naturaleza salvaje de la libertad, a lo que habilita un
balcón sobre la calle San Juan de San Bernardo. En una página se juntan
caracoles en la orilla, en la siguiente un obrero golpea el concreto con una
maza, varias más allá los tamariscos resisten la sudestada: paisajes que somos.
Poetas
de por acá que hayan escrito sobre estos paisajes: el proyecto de Ana
Claudia Díaz me pareció de arranque una preciosura. Sus recorridas en el
relevamiento, en la búsqueda de poetas y materiales, en el empeño por la
diversidad (de localías, edades, estilos, géneros), conllevan una voluntad
épica que hacen pensar en un documental, una película, una serie. Es la poesía.
Recorrió bibliotecas y asociaciones de fomento, se ganó la confianza de
bibliotecarias, contactó grupos, abrió líneas en múltiples direcciones, activó
el viejo boca a boca. Ochenta y seis
autores de diez localidades, entre Lavalle y Mar de Ajó, nacidos entre las
décadas del ’30 y del ’90: una cartografía poética inédita para lo que se llama
Los pagos del Tuyú, ese espacio
conformado por la franja que es hoy el Partido de la Costa y el territorio de
General Lavalle. Los viejos saladeros y el turismo; ocasos en las rías y amaneceres
ante el mar; el campo y las calles comerciales, galopados a sus tiempos por
caballos, corceles, unicornios; la Galera de Dávila, el Cabo San Antonio, el
viejo pescador; Santos Vega y la novia de Aquamán.
La
historia, ¿es un lenguaje?, se pregunta Néstor Perlongher en Tuyú, el poema que abre este libro. Varias páginas más adelante, en otro poema
que lleva el mismo título Mónica Riedl traza versos de huellas ancestrales de
la palabra Tuyú: tierra pantanosa o barro para los guaraníes, pisar fofo para los araucanos, allá lejos para los tehuelches. “Tierra
aborigen/de quienes cuya sangre/bebió la guerra y la noche”, escribe Riedl. Las
tercas toninas de la historia, escribe Perlongher, que acuden a la tumba de
Santos Vega. Yacen en estos pagos todos estos versos, estos materiales, que
componen el paisaje que somos, en el que crecimos, en el que se vive y se
escribe.
Ángel
Berlanga
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