Norma Riggirozzi


LA EXACTA

Esta dama que me puede y me reduce
esta mujer que desde el siglo es mi metralla
me prohíbe crecer en primavera
y se burla de mi letra-sangre
en la pared por la humedad ganada.

Esta señora a quien molestan mis azules
que no logran habitarla
es la eterna peregrina que en mis venas
cuando el atardecer aporta las presencias ganadas
me recuerda su pasado venturoso
de perfecta ama de la casa.

Esta dama que en cien juegos me aventaja
la que llamo a escondidas “La exacta”
no podrá madrugarme cierto día
cuando prepare la maleta gastada y me vuele
junto a algunas golondrinas desbandadas
para seguir tranquila
escribiendo poemas con el alba.









DESDE QUE FALTAS

                            Confesión a papá.

Se me murieron todas las almendras
en la última mesa donde estabas
y Los Reyes perdieron sus camellos
ya no bajan mi sandalia gastada.
Las sorpresas pasaron a ser cosas
de una extraña morada
y la ilusión venida de tu impulso
hoy es apenas una hebra
… que el dolor deshilacha.
Llegan soles a veces, a posarse
en la mejilla ardiente, más solo de pasada
y el recuerdo que queda del reflejo
no le sirve al alma torturada.
Una flor, una piedra, algún detalle
es ensueño pasado y pasajero
tiene la propiedad del alarido
salvaje… pero no duradero.
Y me crecieron todas las nostalgias
en la última lágrima sangrada
comprendiendo que me quedaba sola
dialogándole al alba.
Hoy la casa del mar es ese prado
donde cien voces mandan
pero falta la tuya… necesaria.
Gimen de nuevo las acacias -acunada hojarasca-
y conoce el duraznero
otro nido con piares frescos
pero toda la fauna que me ronda
ignora aquel valor… que me daban tus palabras.










LA CASI… SOLEDAD

                            A mi hijo Daniel

Creí que era la casa sin el eco de otros pasos
o ese reino que abrazo cuando pienso
creí que era la carta que no llega
y se lee intuyendo.
Creí que era un olvido que da alivio
en los crecidos castigos
creí que era un llamado interrumpido
detenido en el baile de los vientos
creí que era la lágrima volada
de las lluvias del otro hemisferio.
Creí que eran los ojos que se entregan
sin dejar lo que siente la mirada
creí que era tu mano casi niña
barriéndome los miedos y partiendo
creí que era este llanto tan soberbio
que oculto con esmero
creí, sé que creí que soledad
era todo aquello, que moría, sin haber sido verde
antes de los otros incendios.
Hoy… me ha dicho ¡mucho gusto!
aquí, entre los gritos del rodeo
poblando el espacio de los cuerdos
llena de gente, de los sesos al cielo
de las manos al ganado suelo.
Ahora sé qué soledad es esto
tener la bulla de los tantos, y saber cuánto vale
…haber compartido tu silencio.









CLAMOR

Te ruego me prometas
qué harás conmigo y con mis cosas
sólo una parva roja.
Si es posible
ármala estando aún el día
así, el esfumar azules
veré cardos y glicinas;
también un campanario, donde escondidas
me despidan sin hacerse ver, las golondrinas.
Después vendrá la luz violeta
que correrá tras de los niños, en el parque aquél
de risas y poemas
despidiendo un ayer que no se muere
o amortajando un hoy… donde no hay vida.
Cuando el atardecer esté pariendo
sus preludios de amor o de esperanza
allí se mezclará con mis colores
ya gris oscuro, disimulando errores.
Después, de aquella parva que fue roja
sólo ceniza negra irá quedando
mas, si la planta de algún poeta errante
pisan la alfombra aún humeante
allí, allí mismo brotaran las flores.
Volverá entonces el hechizo; el eterno milagro de la vida.
Donde hoy hay muerte
verás mañana… una rosa amanecida.









AUN LLUEVE…

Insiste la lluvia sobre los cristales
recoge las historias del muro
y aprendo algún secreto en los umbrales.
Sigue la lluvia acariciando el lomo
del perro que deambula por las calles
despega los ojos de las rosas
y acompaña la vejez de las baldosas.
Se regala escuchando los delirios
de los amantes primerizos
pero no puede siquiera sospechar
que de vidrios adentro está la tempestad,
donde llueve en el alma que no encuentra paz
donde llueve en el grito de la soledad
y moja las manos áridas de esperar
aprisionar un sueño alguna vez en par;
si la lluvia supiera qué grande es la tristeza
que el visillo le oculta, al roce de sus gemas
seguro de sus sales elevaría lenguas
que rogaran al sol una caricia abierta.


Norma Riggirozzi 
CABA, 1935- CABA, 1986
Transcurrió bastante tiempo en Santa Teresita


  

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