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Como copa que se quiebra y sangra vino
sangran mis manos por cada rosa arrebatada.
Sangran misterios, caricias,
perfume que sana y consuela
hablándome al oído:
-Estoy vendando tus heridas, son las mías-
Suspiros suaves
engañan a la muerte
son aves libres.
Se hundió hacia lo alto,
sin flores marchitas,
para nacer en un bostezo,
entre ruiseñores y en su mano.
El verbo vuelve al verbo
y el diablo al fuego.
¡Oh, cuánto amor!
¡Cuánta caricia Madre Pureza,
he regresado!
Mary Pérez (1963)

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