María Angela Ferrero


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Iré al atardecer
Mañana no te diré adiós,
hoy sólo te digo hasta luego.
Llevaré las rosas rojas a tu tumba,
las llevaré apretando las espinas
con mis dedos, y las gotas de sangre
se mezclarán con el rojo de las rosas.
Apretaré mi corazón
hasta sangrarlo, que todo quede rojo.
Iré al atardecer, que lo buscaré
cuando el horizonte rojo tiña
mi cara blanca de congoja.
No aflojaré el paso
ni una vez, caminaré erguida
y orgullosa, resistiré
el llanto en la garganta.
Amontonaré la soledad en el costado
sólo mi frente verás
aproximarse a tu tumba
ni una palabra oirás
que salga de mi boca,
ni un recuerdo acudirá
a mi mente.
La sinrazón te obligará
a que me prestes atención
por un momento que será eterno.
Luego me iré
caminando siempre erguida
sin aflojar el paso
sin decirte adiós,
sin rencor, sin despedida.








INTEMPERIE
Las sombras y las luces, linda coreografía dónde nada parece lo que es. Un mundo con posibilidades infinitas y un puente impresionante en su altura me deja ver el cielo que pasa delante de mis ojos.
Celeste, gris, rosado es el atardecer. Qué diverso es el mundo, paisajes y paisajes, justo aquí frente a mi mirada azorada. Sigo aferrada al juego, la vida que pasa en otro lado, las noticias que tienen repercusiones increíbles. Nadie escucha ¿y yo cómo hago para entender? La mala noticia, la textura áspera del regreso, la inevitable tristeza de la partida y también no saber qué decirse es parte de lo incomprensible. Intemperie, un perímetro asolado por vientos secos, casi tétricos, desierto inhabitado, una nube negra atraviesa la ciudad. Un calendario boca abajo marca un año que ya pasó, me roba el tiempo. ¿Qué espero cuando espero? El tiempo pasa y el orgullo permanece.
La felicidad, esa desdichada y calculadora que huye espantada frente al espectáculo del dolor, cual ilusión perdida.
Una tregua, la luz tan calma, tan quieta, descubre la elocuencia de los arboles. Respiro el aire eterno de la tierra y escucho, lejos, la tonada monótona del mar. El eco de viento en este bosque azul, me envuelve. El silencio me cobija y mis pasos me llevan al encuentro de la montaña gris justo al lado de mi morada marrón, donde me esperan.








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Día del padre. Un domingo lluvioso, sin luz.
La gota no termina de caer, queda colgada de la canilla, un globito transparente que no se decide. Por la ventana de la cocina el paisaje gris de otoño demora el tiempo. Un viento leve mueve graciosamente las pocas ramas que con escasas hojas de un verde dulce danzan en silencio.
En la calle pasa un auto blanco. Lo estoy viendo por eso sé que pasa, parece que no tuviera motor, ningún sonido escucho. La gota agarrada de la canilla no cae, tal vez por no hacer ruido, para que el silencio no se distraiga. Hay tanta quietud que el mundo parece suspendido, no se atreve a funcionar, queda así pendiendo de la nada, detenido, como una foto inmóvil, sin tiempo, sin sonido.








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Se desnudaron los arboles. Miro sus vestidos en el suelo, verde superficie que se cubre de hojas grandes y pequeñas, marrones, amarillas y ocres. No puedo vestirlos y los veré así tan despojados hasta que la naturaleza, parca de palabras vuelva a cubrirlos. Así sabré que la primavera ha vuelto a visitarme. El tiempo se llamará otoño, que luego cambiará su nombre y se llamará invierno. Las horas más pequeñas, con soles tibios y oscuridades tempranas y a su fin y al fin volverá el tiempo de brotes verdes, vientos persistentes y soles aún tibios. Tiempo de tiempos que se persiguen. Trampas de los almanaques.


María Angela Ferrero (1952)
Nació en Merlo, reside en San Clemente del Tuyú




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