¿Cuántxs poetas habrá en el
Partido de La Costa? ¿Y en Lavalle? ¿Cuál llegó primerx? ¿habrán nacido ahí?
¿Escribirán en rima? ¿En prosa? ¿Verso libre? ¿Aparecerá el mar en todos los
poemas? ¿El sol? ¿El viento? ¿Los álamos? ¿Serán de amor? ¿Serán políticos?
¿Declamativos? ¿Tendrán algún manifiesto? ¿Asistirán a algún taller? ¿Tendrán
un lenguaje propio? ¿Se juntarán en bares? ¿En pulperías? ¿Tendrán un
imaginario común? ¿Alguna característica en particular? ¿Aparecerán los gauchos
en los poemas? ¿Y Santos Vega? ¿Tendrán obras publicadas? ¿Serán los muelles del
desamor los protagonistas? ¿O lxs pionerxs? ¿Aparecerán totoras y tamariscos en
sus textos?
Pasaron algunos años ya desde que
me crucé con Tuyú, de Néstor Perlongher, un poema sembrado de preguntas
en relación a la historia y el lenguaje de mis pagos; un texto que pone en
jaque el escenario de la lengua, lo interpela mientras que, paralelamente, nos
cuestiona. Entonces tomé sus versos como impulso para investigar y ahondar,
precisamente, en la historia de la poesía del Tuyú.
Pero vayamos de a poco: en 2018 presenté a la
Beca Creación del Fondo Nacional de las Artes este
proyecto y tuve la inmensa alegría de que quedara seleccionado. A fines de ese
año comencé la ardua tarea de buscar a lxs poetas; podría hacer otro libro solo con las
anécdotas que fui acumulando en el camino, tan diversas como cautivantes.
Yacer en el Tuyú es un proyecto que reúne a poetas
oriundxs y/o residentxs del Partido de La Costa y Partido de General Lavalle.
Una cartografía: desde lxs pionerxs hasta lxs contemporánexs. Una investigación
que indaga en la lengua oral, escrita, recitada, publicada, payada, cantada,
esbozada. Pequeña guía de autorxs “tuyusenses”, que hilvana el diálogo de los textos entre sí. Ese es el desafío
principal de este proyecto: exponer las estéticas que proliferan en la zona y
sus poéticas. Desde lxs que vivieron en la región durante algún tiempo (como el
mismo Perlongher) hasta lxs que la habitan cotidianamente; y aquellxs que aún
no han publicado sus obras bajo sellos editoriales, sino que guardan sus
manuscritos o los editan de manera artesanal o independiente.
Es importante aclarar, que hasta
el momento son más de cien lxs poetas halladxs y ochenta y seis lxs que están
reunidxs en el libro donde también se cruzan algunos vínculos como
madres e hijxs, abuelxs y nietxs, primxs, amigxs.
Hallar a lxs poetas me llevó un
largo tiempo, no fue tan fácil como imaginé en un principio. Indagar, preguntar, rastrear los talleres
literarios, reunir el material de las bibliotecas y espacios culturales, entrevistarme
con unxs y con otrxs. Finalmente los nombres empezaban a resonar de boca en
boca, pero a veces era solo eso, un nombre suspendido en el aire, sin teléfono, sin dirección, sin redes; o más
complicado aún, un seudónimo…
Es por eso que este proyecto es un relevamiento incompleto de lxs poetas de la
zona, primero porque toda antología siempre es incompleta; segundo porque no
pude desentrañar del todo ese halo de misterio en
el que me vi sumergida. Creo que es natural que
algunas voces queden circulando, meciéndose en el
viento que las lleva y las trae mientras se convierten en leyendas.
El proyecto tiene varios
objetivos, por un lado lo recién mencionado, y por otro, reflexionar sobre el
mítico y emblemático vínculo entre paisaje y poesía; corroborar si la presencia
del mar o de la ría intercepta los textos; si es que no hay escapatoria a hacer
alusión directa o indirecta al agua, la playa, el océano y su imaginario de
puertos, viajes, sirenas, navíos y monstruos marinos. ¿Cuánto de todo esto es
habitual o recurrente en la poesía de lxs autorxs?
Después de este recorrido lo que puedo afirmar es que la estructura y las
estéticas de los poemas tuyusenses funcionan como el mecanismo de las olas,
varían, dependiendo del viento, tienen diversos matices, todos dentro del mismo mar, como las
posibilidades de la escritura. Hay, una tendencia a incluir o incluirse dentro
del paisaje, a usarlo como metáfora y en la mayoría de los casos como
literalidad. El paisaje como compañero cotidiano y como parte de unx mismx;
como lugar de pertenencia, también en aquellas excepciones donde la poesía se manifiesta
como un grito, un hacerse presente desde otro ángulo. Raíz de la lengua que se
ondula y adula la tierra feraz, incandescente. O como dije alguna vez en mis
propios versos: la lengua hace un santo y seña /
y mientras añuda / turba la vista rudimentaria /sobre las cosas adquiridas/
eterno vientre de la palabra que la traba/ que la encuentra en la tierra,
fértil/ y debajo de ella abre un plan, un argumento.
Y como dice
Carlos Astrada en su libro Tierra y figura: desde el punto de vista
geopsíquico, partimos del supuesto incuestionable de que existe una
“humanización” del paisaje, esto es, humanización de la tierra en la que se ha
nacido y se habita y a la que se acota y anima como “paisaje”. A nosotros, para
nuestro objeto, nos interesa sobre todo su acusado influjo reactivo en las
personas oriundas de él, en el sentido de que el paisaje imprime su sello en un
perfil humano, en un estilo anímico, en un comportamiento personal. (…) Y
existe, además, el tipo enteramente telúrico del rastreador, en cuya retina
ultrasensible y discriminadora se graban, se reflejan especularmente las
huellas que en la tierra, en el polvo o barro de los caminos y senderos, dejan
hombres o animales, vayan éstos sueltos o en tropilla, con carga o sin ella. El
rastreador es, pues, íntegramente producto de su paisaje y de su trasiego
cotidiano o inusitado de vida, que existiendo a flor de tierra, sea ya la del
predio o lugar que habita o de otros lugares, ha transferido a su retina la
plasticidad o dureza del suelo para acusar las huellas de pasos humanos o de
animales, e incluso saber la dirección que llevan, y si la mantienen o la
tuercen.
Entonces, así
como el caracol conserva en su interior -dicen- el rumor del mar del que
proviene, nosotrxs en alguna parte, indefectiblemente, rozamos nuestra lengua
contra el horizonte, la palabra contra la paleta de sensaciones y texturas que
nos da el paisaje, y es desde ese vértice desde donde se incentiva, muchas veces, la propia
poética. Lenguaje que lleva impreso como un tatuaje todos los cielos bajo los
que estuvo, toda la tierra que removió, vuelto canto, luego verso, luego prosa.
Desde mi
punto de vista cada geografía evoca a los seres que la habitan o habitaron y
viceversa; la palabra es interceptada por el
paisaje mientras lo interviene, como un búmeran va hacia la imagen que nos
envuelve y, cíclicamente, vuelve al texto. Palabra que sobre su raíz se vuelve
nacarada, iridiscente e imantada rueda en
múltiples combinaciones.
Realizar este proyecto fue de un
placer enorme para mí, conocí muchísima gente, fui de localidad en localidad
buscando autorxs, con algunxs solo tuve un intercambio
virtual, con otrxs un café o una cerveza, a otrxs aun hoy -casi dos años
después- no logré localizarlxs.
Para finalizar, les dejo unos versos del poeta Raúl Alberto Pascual que
reflejan lo que para mí es el Tuyú: Hace
cuatro siglos trashumantes guaraníes le ofrendaron el nombre Tuyú. Luego, en
otro despliegue de imaginación telúrica decidieron coronarlo como Ajó.
En sí,
fuera de toda consideración etimológica ambas denominaciones transparentan la
armadura de su epidermis: barros blandos…
Y sobre
los antiguos médanos, sobre los bancos de conchilla, sobre el tendido de
arroyos y montes, sobrevuela subyugante una tapada fascinación.
Circuitos
de silvestre expresionismo; correspondencia primorosa. La Isla del Vasco, el
Cabo Blanco, las Cañitas, la Tapera de López, Cuadro Cero, el Rincón de Aspiró,
la Boca…
Sinfonía
rural: arpegios en el aura… En el puestero que peregrina, en las redes que
desfloran, en los zorzales, en las monjitas, en las becasas, en las corvinas,
en los carpinchos, en las nutrias, en los peludos, en el sol que nace cada
mañana y en el sol que se pone cada atardecer, en los andarines que mamamos su
calostro y su manera de bramar…
Vientre
magnánimo. Metáfora. Y vagabundo el cervatillo. Y encabritado el corcel. Augur
y copla. Cascos, arcón, bitácora.
Tuyú,
Ajó… /He aquí, los pájaros y el mar/
Espero que disfruten de Yacer en el Tuyú, de sus recovecos, sus
particularidades, sus puntos mágicos, sus sensaciones, sus desasosiegos.
La palabra, acá, destina versatilidad, abre un camino nuevo y deja una huella que aún entre las cortaderas se deja
entrever. Celebro la poesía tuyusense, grandiosa
y libre.
Ana
Claudia Díaz
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