Tamara Domenech | poetas que pasaron por el Tuyú

BENTEVEO

En la playa mi hijo se entretiene con camiones de plástico llenándolos y
vaciándolos de arena y agua.
Yo juego con él mirándolo y alcanzándole los baldes que precisa para su
experimento.
Mi hija juega llamándome.
Mamá vení conmigo.
Acompañame.
No quiero estar sola.
Divertite.
Divertime.
Divirtámonos.
Quizá para ella observar sea una pérdida de tiempo o una manera triste de
aprovecharlo.
Yo desde que me recuerdo me gusta sentarme y mirar el movimiento de las
cosas.
Como si captara el crecimiento de las uñas, las flores, las emociones que crecen
en silencio.
Mi hija dice que conoce el paraíso y me pregunta si quiero que me lo muestre.
Yo acepto para satisfacer su deseo y me doy cuenta que algo del propio se genera.
Antes de la exploración que supone llegar a paraíso, nos sentamos en la cima de un médano desde el cual nos acercamos a un benteveo que canta sin interrupción.
Su garganta se estira y contrae y escuchamos cómo otros le contestan.
¿Le contestan?
¿Qué se dirán?
¿Habrá preguntas en sus piares?
Mi hija imita al pájaro.
El benteveo se comunica con ella.
Yo grito por dentro un dolor que se libera si me dejo llevar por otros que quieren mi
cabeza para acariciarla.








LIEBRE

Las luces de un auto bastan para iluminar por donde vamos.
La tarde cae de golpe violeta, rosa, negra.
Estoy sentada en el lugar del acompañante con una lona en las manos, una
canasta con residuos de la merienda y paletas con sal.
Mis hijos gritan de cansancio en el asiento de atrás.
A mí no se me ocurren palabras milagrosas que los calmen hasta preparar la
cena.
Y dejo que el bullicio sea la verdad de un imposible.
A veces para calmarme les canto y ellos me dicen que no les gustan las canciones
de cuna.
Que una cosa soy yo y otra cosa son ellos.
Y como admiro su capacidad de diferenciación, intento concentrarme en la necesidad del capricho y la pelea, y comprender que la expresión de un disgusto cesa cuando se desagota.
Los focos del auto iluminan mi incapacidad de actuar con una sombrilla
atravesada a la cintura.
Los objetos nos paralizan.
Hasta que, para llegar a la casa, atravesamos una calle de pasto por la que cruza
una liebre y a mis hijos les digo, ¡miren, ahí pasa una libre!
Las palabras surgen por sorpresa.
El silencio está fuera de cuatro personas descalzas con remeras húmedas colgadas del cuello.








FLORES CARNOSAS

Enredaderas del piso.
Trabajo rosa. Violeta. Amarillo.
Invádanme.
Cúrenme.
Hagamos una transfusión de su sangre a mi mente.
Mi corazón las admira.
Qué suerte tengo de conocerlas.
Que con tan poco crece belleza en los alrededores de una casa.
Desde el fondo de la arena donde casi no llega el agua del mar.
Contágienme el sol que brilla en sus pétalos de padres desiertos, amigos del
viento y el humo de los asados.
Quiéranme cerca. Las protegeré con mis ojos que lloran para regarlas.
Y paren y me pare y bailemos agarradas de los tallos carnosos que las atan a la
tierra e invente el paso de danza para enredarme con ustedes y ser parte del
paisaje que presenta este momento.


Estos poemas escritos en la playa de Nueva Atlantis forman parte del libro
Poemas & Dibujos, que se puede descargar de tiempodorado.com






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