BENTEVEO
En la playa mi
hijo se entretiene con camiones de plástico llenándolos y
vaciándolos de
arena y agua.
Yo juego con él
mirándolo y alcanzándole los baldes que precisa para su
experimento.
Mi hija juega
llamándome.
Mamá vení conmigo.
Acompañame.
No quiero estar
sola.
Divertite.
Divertime.
Divirtámonos.
Quizá para ella
observar sea una pérdida de tiempo o una manera triste de
aprovecharlo.
Yo desde que me
recuerdo me gusta sentarme y mirar el movimiento de las
cosas.
Como si captara el
crecimiento de las uñas, las flores, las emociones que crecen
en silencio.
Mi hija dice que
conoce el paraíso y me pregunta si quiero que me lo muestre.
Yo acepto para
satisfacer su deseo y me doy cuenta que algo del propio se genera.
Antes de la
exploración que supone llegar a paraíso, nos sentamos en la cima de un médano
desde el cual nos acercamos a un benteveo que canta sin interrupción.
Su garganta se
estira y contrae y escuchamos cómo otros le contestan.
¿Le contestan?
¿Qué se dirán?
¿Habrá preguntas
en sus piares?
Mi hija imita al
pájaro.
El benteveo se
comunica con ella.
Yo grito por
dentro un dolor que se libera si me dejo llevar por otros que quieren mi
cabeza para
acariciarla.
LIEBRE
Las luces de un
auto bastan para iluminar por donde vamos.
La tarde cae de
golpe violeta, rosa, negra.
Estoy sentada en
el lugar del acompañante con una lona en las manos, una
canasta con
residuos de la merienda y paletas con sal.
Mis hijos gritan
de cansancio en el asiento de atrás.
A mí no se me
ocurren palabras milagrosas que los calmen hasta preparar la
cena.
Y dejo que el
bullicio sea la verdad de un imposible.
A veces para
calmarme les canto y ellos me dicen que no les gustan las canciones
de cuna.
Que una cosa soy
yo y otra cosa son ellos.
Y como admiro su
capacidad de diferenciación, intento concentrarme en la necesidad del capricho
y la pelea, y comprender que la expresión de un disgusto cesa cuando se
desagota.
Los focos del auto
iluminan mi incapacidad de actuar con una sombrilla
atravesada a la
cintura.
Los objetos nos
paralizan.
Hasta que, para
llegar a la casa, atravesamos una calle de pasto por la que cruza
una liebre y a mis
hijos les digo, ¡miren, ahí pasa una libre!
Las palabras
surgen por sorpresa.
El silencio está
fuera de cuatro personas descalzas con remeras húmedas colgadas del cuello.
FLORES CARNOSAS
Enredaderas del
piso.
Trabajo rosa.
Violeta. Amarillo.
Invádanme.
Cúrenme.
Hagamos una
transfusión de su sangre a mi mente.
Mi corazón las
admira.
Qué suerte tengo
de conocerlas.
Que con tan poco
crece belleza en los alrededores de una casa.
Desde el fondo de
la arena donde casi no llega el agua del mar.
Contágienme el sol
que brilla en sus pétalos de padres desiertos, amigos del
viento y el humo
de los asados.
Quiéranme cerca.
Las protegeré con mis ojos que lloran para regarlas.
Y paren y me pare
y bailemos agarradas de los tallos carnosos que las atan a la
tierra e invente
el paso de danza para enredarme con ustedes y ser parte del
paisaje que
presenta este momento.
Estos poemas escritos en la
playa de Nueva Atlantis forman parte del libro
Poemas & Dibujos, que se
puede descargar de tiempodorado.com



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