MAR
El mar, siempre el mar,
mar de adolescencia lejana,
brillante caracola
de presencias ignoradas,
de ausencias lloradas,
de esperanzado amanecer.
El mar, otra vez el mar,
soberbio de misterio
devolviendo preguntas
escondidas en respuestas,
desafío incansable
a la precariedad de las
certezas.
Edredón de lunas dormidas,
desafiante ladrón de nuestras huellas
Vaivén del tiempo que apaga prisas,
con la complicidad de olas
mansas
regalando colores en movimiento.
Hoy…es extraño el verde de tus aguas.
Hoy…alguien faltó a la cita.
DE MI PUEBLO
Me duele
tu nostalgia de mar perdido
queriendo abrazar en la noche
un faro inalcanzable en la distancia,
parpadeante haz de luz que
atraviesa
la oscuridad interminable de la
pampa.
Me atrapa
tu historia de siglos
hundida en el barro de tu ría,
amasada en los ladrillos de tus casa,
caminada en senderos escondidos,
guardada en los rincones de tu alma.
Me gusta
perderme en tus atardeceres
cuando el cielo cambia sus colores
y el pastizal es generosa manta
donde aparecen las sombras de los montes
dando paso al reposo y a la calma.
Quisiera
al cerrar por última vez mis ojos
guardarme el verde de tus campos,
oír el rumor tranquilo de tus aguas,
y en el aletear esperanzado de las gaviotas
dejar, por fin, volar en paz mi alma.
ATARDECER
EN LA RÍA
La tarde se lleva
sobre las espaldas de las lomas
un sol que se
resiste
y en sus intentos de quedarse
se aferra a
las aguas
buscando su antigua herida
hasta desangrarse.
Los barcos pesqueros
sueltan
amarras y parten
mientras dibujan
crestas frías sobre el agua gris,
con las proas esperanzadas
apuntando
al destino inquietante de la bahía,
mágico
lugar de encuentro
en donde el mar se hace ría.
Mientras tanto
el cielo se
cambia vestidos
para coquetear con los montes
y la silueta del viejo barco
se vuelve más oscura y silenciosa
esperando
la llegada de la noche
para pedirle que le regale
un reflejo de luna.
LA PLAYA Y LA MAREA
No
promete volver la marea
pero
la playa en silencio espera su regreso,
presiente
su extendida caricia
y aguarda el beso que le quita el sueño.
Abre
el día sus párpados cansados,
descorre
el sol el tul de la neblina
y
la arena se entrega a la marea
que
poco a poco le traza mil heridas.
El
agua se atreve a ir más allá,
la
playa cede permitiendo su osadía,
es el
lecho que ha de ser cubierto,
siempre
es así y lo será día tras día.
Por
unas horas el vaivén del agua
le
va contagiando su energía,
juega
con la arena , la lleva, la devuelve.
Esperanza
y dolor , pena , alegría.
El
agua vuelve a su destino de distancia
le
ha robado a la playa algo de vida
y
ella mira , resignada en su destino,
los
despojos que el mar dejó en la orilla.
Noemí Julia Quiroga (1948)
Nació y reside en General Lavalle
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